Un análisis antropológico (muy serio) del personaje más icónico del barrio español. Si no reconoces al menos a tres de estas, es que llevas poco tiempo en el vecindario.
La Charo es un fenómeno sociológico tan español como el jamón, la tortilla sin cebolla (o con, que para eso hay guerras) y quejarse del tiempo cuando hace bueno. Pero no todas las Charos son iguales. Aquí va la taxonomía definitiva.
Lleva veinte años contando que su hijo está en el ejército. Lo cuenta en el ascensor, en la panadería, en el entierro del vecino del cuarto. "Mi Miguelito, que está en el quinto, ya sabe." Miguelito tiene 34 años y lleva 12 fuera del ejército, pero eso no viene al caso.
Elegida democráticamente hace once años y no ha habido forma de quitarla desde entonces. Conoce los estatutos de la comunidad mejor que su propia fecha de nacimiento. Si aparecas un centímetro fuera de tu plaza, recibirás una nota manuscrita con el artículo correspondiente subrayado tres veces.
Vive sola pero la televisión lleva encendida desde 1987. No la ve — simplemente está ahí, como el ruido de fondo de su existencia. Cuando la apagas por error, el silencio resultante es más angustiante que cualquier crisis de ansiedad conocida.
Tiene una silla en el descansillo. Una silla. Nadie sabe quién la puso, nadie se atreve a quitarla. Desde ahí opera su red de inteligencia, procesando toda la información del edificio con una eficiencia que haría sonrojar al CNI.
Saca al perro cuatro veces al día y en cada paseo le habla como si fuera un adulto con plenas facultades mentales. "Antonio, ¿estás bien? ¿Tienes frío, Antonio?" Antonio el perro está perfectamente. Antonio tiene abrigo de lana y cumpleaños propio.
Su balcón es su trono, su atalaya, su ventana al mundo. No hay movimiento en la calle que se le escape. Si algún día falta de su balcón, el barrio entra en estado de alerta. Algo grave debe haber pasado.
Ha diagnosticado más enfermedades que el hospital de la comarca. Sabe de leyes, de política, de fontanería, de crianza, de cocina y de lo que sea que necesites en este momento. Sus fuentes son un programa de tarde y una cuñada de Valladolid.
Nunca llega a tu casa con las manos vacías. Siempre hay un tupper. Siempre. Cocido, croquetas, bizcocho. Y siempre espera el tupper de vuelta limpio. El tupper es un contrato social no escrito que dura décadas.
Tiene más citas médicas semanales que horas de sueño. No es que esté enferma — es que el médico es el único que la escucha sin mirar el móvil. Una táctica completamente comprensible cuando lo piensas bien.
Ya sabes a quién me refiero. Esa que al leer este artículo has pensado inmediatamente. La del tercero. La de enfrente. La de tu escalera. Está en tu cabeza ahora mismo. Y probablemente ella también está pensando en ti.
En Cazador de Charos todas ellas están representadas en la primera oleada. Dispara la banderita española con honor y que no se acerquen demasiado.
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